sábado, 5 de junio de 2010

El último tango

Tania, te lo ruego, baila conmigo este último tango…

A duras penas levantado, puesto en pie sobre las losas relucientes de aquel salón blanco, se aproximaron los cuerpos hasta tocarse, y las yemas de los dedos y las palmas de las manos. A duras penas sostenido, el corazón comenzó a latir al ritmo cuaternario del piano, el bandoneón, el violín y el contrabajo pellizcado. Y a duras penas, sentidas ya las penas como alegrías, y sentidos los gestos no como onerosos y torpes, sino ágiles, ya las fibras y los huesos habían rejuvenecido y bailaban como lo hacían los de un crío. Y girando y dando giros y vaivenes y boleos y traspiés, las luces se apagaron, las puertas se abrieron, abatibles, con el golpe de los pasos a su través. Y los pasillos comenzaron parpadear con luces de pasión, y una hilera de velas de color llevó la dirección a las escaleras de metal, tambaleadas bajo el peso de los ligeros pasos pero intensos que marcaban el compás al solo de violín.

Y allí, en la azotea, la Cenicienta Esfera que coronaba la noche envidió cada instante, cada ademán y cada semblante en aquellos bailarines, que danzaban a su propia luz la melodía del amor y de la vida; y fueron más los surcos en aquel suelo dejados en momentos por los pies danzantes, que los cráteres de cometas en eternidades marcados en su rostro; y los limbos comenzaron a llover los pétalos del escaramujo; y mil vendavales y mil llamas, admirados y asombradas, hicieron coro al dueto embriagado, mientras paso tras paso se acercaba el momento del ocaso. Y mientras la vehemencia de los vientos y el ardor de las cuerdas hacían del aire el éxtasis, en una cadencia delirante que parecía infinita, se contorsionaron los miembros una y otra vez ascendiendo y descendiendo sin tocarse nunca; y los pies uno al otro se persiguieron desplazándose sobre el suelo sin parecerlo rozar para luego golpear la tierra con firmeza; se arrastraron las pantorrillas una y otra vez y luego ascendieron al vuelo; y se acercaban y se alejaban los labios embebidos en una gravedad cuya ley a cada segundo reinventaban.

Luego, viento y fuego les abrieron paso hacia las escaleras, que ambos, distendidos, de nuevo, comenzaron a bajar, mientras la melodía mermaba. Y en el pasillo, tras la hilera de velas, una profusión de seres uniformados a cada lado de la galería aplaudían a los transeúntes, sonriendo; tras ellos, llegaron otros rostros, familiares, compungidos algunos, otros serenos; y al final, a un lado de las puertas del salón, su esposa. La danza finalizó ante ella, fulminante, reluciente. Una mirada, luego un “lo siento, sé feliz”…

El túnel quedó atrás, tras aquellas puertas que se abrieron, abatibles, con los golpes de la satisfacción, y las luces fueron cobrando intensidad, mientras se hacía el camino de serenidad. Y los pasos eran cada vez más seguros, más pesados, pero menos vanos, colmados. A duras penas, el corazón fue dejando de vibrar a la vez que la convulsión de la música se hacía más remota. A duras penas acostado, tendido de nuevo en el interior de aquel gran salón blanco, se separaron los cuerpos, las palmas de las manos y las yemas de los dedos.


… Ahora Tania, Princesa, llévame a tu reino.

2 comentarios:

_Greed_ dijo...

He estado lento con aquello de "Tania" y he tardado en entenderlo, pero finalmente creo haber alcanzado la comprensión... :D

Aparte de la prosa excelente, tengo una cosa que comentar; "vendabales" es con "v", ya que viene del francés "vent d'aval" (viento de abajo) Seguro que ya no se te olvida jamás :D

Manuel Calavera dijo...

Releyendo el original, el procesador de textos me lo marcó como erróneo y ya me dije que corregiría el publicado por la mañana, pereza me daba ingresar al blog de nuevo. Sin embargo has sido más rápido que yo.

Gracias, caballero