lunes, 14 de noviembre de 2011

Desde la puerta


            Cada mañana, se asomaba a la cama donde ella dormía. Esperaba que abriera los ojos para decirle “buenos días, cariño”. Y aunque no solía responder con palabras, le devolvía una mirada oceánica, con la que muy pocos habían tenido la oportunidad de ser contemplados. Luego, le acariciaba la cabeza durante un rato. Dejaba pasar sus dedos entre su pelo fino y corto, suave como recién nacido. Más tarde la reclinaba, y le limpiaba la cara con una fina toallita, y después, le preparaba la papilla. Fruta molida, cereales… dependía. A ella le encantaba, su sonrisa lo decía con claridad cuando el cuenco de flores rosas y azules asomaba por la puerta. Disfrutaba el desayuno de cada día a cada cucharada. Y mientras la digería, esperaba un poco. Entretanto le susurraba al oído palabras que nunca conocí. Y más allá de la ventana, los gorriones en las ramas de los árboles de las bolitas ocres dejaban de cantar por escucharlas. Después de acabar, limpiaba delicadamente sus labios y su barbilla con una suave gasa, como la que a ella le encantaba abrazar mientras dormía, y dejaba írsele un suspiro sonriente. Poco después, la lavaba con una esponja húmeda: el pecho, los brazos, la espalda... y le cambiaba los pañales. Entonces la llevaba a la salita. A ella le disgustaba el sonido de la tele, no, sin embargo, si sonaba algo de música, y siempre buscaba con la mirada la ventana, a la que intentaba dirigirse para ver el exterior. Creo que quería oír el canto de los gorriones y verlos saltar de rama en rama, y a la gente pasar por la calle peatonal. Yo siempre la miraba desde la puerta, pues no sabía hasta qué punto podía contagiarme su niñez, pero a ella no parecía importarle. El almuerzo no solía gustarle tanto como el desayuno, pues tenía una marcada apetencia por lo dulce. Después, solía dormir hasta bien entrada la tarde. Y al despertar, quizá, le esperaban algunas visitas. Gruñía ante ellas, pues no soportaba los achuchones y los besos ruidosos. Prefería jugar con el tacto suave de su pijama, o los borlones de lana que colgaban de las mangas, que le hablaran largamente, que le contaran sus vidas, que la ayudaran a recordar que un día, fue aún más joven. Al caer la noche, apenas quería comer. Se mostraba cansada, sin fuerzas. Sólo quería regresar a su cuna, su cama, ser arropada y esperar al día siguiente. Antes de dormir, mi madre le susurraba a mi abuela cuentos en la cama, y ella sonreía hasta quedar profundamente inmóvil.
            Cada mañana, mi madre se asomaba a la cama donde mi abuela dormía. Sin embargo, aquella vez fue diferente. No necesitó esperar a que abriera los ojos para saber que se la llevaban. Las raíces habían emergido del suelo y arrastraban con su cuerpo, hacia la tierra. Pero al contrario de lo que esperaba, no encontró hundiéndose entre cepas el rostro de su madre, sino el de mi madre misma.      

1 comentario:

Manuel Alejandro dijo...

Rompe esquemas.
Siempre geniales los derroteros hacia los que conduces a las víctimas de tu prosa.
Encantado de recibir tu sentencia desde el cadalso.