miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cartas en las tejas

Querida mamá

            Tú te sentabas siempre en tu jardín, y mirabas al vacío, como esperando algo. A veces era con un vaso de té. Yo te lo preparaba. Otras veces, ni eso. La tierra se regada de matorrales ¿recuerdas? Aunque qué importaba si un poco más de hierba hervida se unía ella. Se iba a enfriar de todas formas. Como tu té. Y se secaría y luego no se distinguiría de la corteza de las naranjas, ni de la carcasa de las almendras. Se quedaría allí. Como tu té. Y luego nada. Yo creía que iba a ser igual mamá, que te estabas convirtiendo en una hoja más de té. Lo único que oía de ti era tu butaca crujiendo, cuando hacía algo de viento. No te importaba mojarte, ni que te diera demasiado el Sol, ¿verdad? Pero mamita, lloré mucho cuando no te movías ni siquiera cuando la casa salía ardiendo. Aún así, sé que no debo preocuparme, sé que estás bien. Te has vuelto muy fuerte acosta no moverte, no comer y no dormir, no hablar, ni respirar. Pero mamá, de veras que a veces, sólo a veces, te lo prometo, se me pasa por la cabeza que sería todo mucho mejor si fueras como las otras madres, aunque eso conllevara que me obligaras a comer comida verde y asquerosa. Es un pensamiento que, en cuanto llega, intento que se vaya de mí. Porque, en verdad, sé que estás muy bien así.
            Cuando me dijiste que vivías dentro de una nube de color naranja, todo me pareció muy extraño. No sé que querías decir con que las gaviotas picoteaban todo el día tu cabeza, y que te contaban sus sueños. Supongo que te referirías a otra cosa. Todo lo entendí mejor cuando me contaste que te habían salido dos enormes alas en los ojos, que te permitían volar de espaldas. Claro, qué tonto fui al no imaginarlo antes. Yo nunca te he contado mis sueños, pero en realidad, se parecen a donde tú vives. Hace unas noches, tuve una pesadilla horrible. Soñé que ibas caminando por una carretera nocturna abandonada. Llevabas un impermeable color ladrillo, pero hacía un sol asfixiante, a pesar de que estaba muy oscuro. Era como una lejana farola que sólo iluminaba las mejillas de los transeúntes. Porque no estabas sola. Caminabas junto a un acerado repleto de paradas de autobús. Y allí sólo había ancianos, seres muy muy ancianos, disfrazados extrañamente. Llevaban zapatos deportivos, sudaderas fluorescentes, y pantalones multiculores ¡y unas horribles orejeras de plástico en su cabeza de la que decían oír música! Eran ancianos, mamá, pero estaban realmente locos. Tú tenías miedo, por eso te montaste en el primer autobús que pasó. Dentro del vehículo, rodaban una película. En un antiguo templo, improvisado entre los asientos, sucedía un terrible sacrificio. Una panda de chiquillos desmembraban a un joven orangután, que lloraba desconsolado, gritando a gritos tu nombre. Entonces me desperté. No sé lo que significaba, pero me recordó mucho a aquello que me contaste, sobre tu vida en las cloacas. Aquella vez que presenciaste cómo una procesión de hombres-rata, acudía a un altar en que había un retrete amarilleado, por el que fluía una continua cascada de agua del color del hierro o de la sangre. Otra vez me contaste algo sobre si me gustaban las galletas de chocolate. Qué raro. Sabes perfectamente que soy alérgico. Sí entendí que un gran rey fue durante algunos siglos el consorte de tu reino. ¿Por qué se volvió loco madre, por qué te pusiste tan triste cuando dejó de maullar? Lo que menos entendí fue lo de la familia animal: no me explico cómo un delfín, un león, un cuervo y un gato pueden compartir ducha ¿cómo solucionan el problema de los pelos? Mamá, debes estar confundida porque los animales nunca van a la ducha. Pero me gustó saber que a veces se reúnen para charlar contigo y tocarte alguna canción.
            Sé que no estás del todo mal allí. Siento tanto que tuvieras que marcharte. Pero yo te esperaré siempre, aquí, lavándote de vez en cuando tus calcetines favoritos para que puedas apreciar su color de nuevo. Y por favor, la próxima vez, escríbeme una carta en vez de hacerme llegar a aquel lejano edificio en cuyas paredes debo leer tu vida.