viernes, 28 de octubre de 2011

S. Lorenzo

Una risa estentórea martilleó mi cabeza. El día era largo, y mi travesía seca. ¿Cuantos días hacía que me había desviado? Contemplé mi alocada cantimplora, tan seca como yo. Ya no oía ni siquiera una cabra, nada que me indicase que en aquel paraje hubiera vida. Miré al sol, y una risa como un rayo martilleó mi cabeza, por última vez.

Miles de lenguas ondulantes, de terribles y dorados siervos de un dios primigenio e inclemente vinieron a por mí. Yo estaba seco, pero ellos sabían que, en mi interior, aún quedaba agua que robarme.

2 comentarios:

Ripser dijo...

Te conmisero, como pone sobre estas líneas. E.

Manuel Alejandro dijo...

Me gusta la atmósfera que has creado con tan poco texto. Provoca angustia ;)