domingo, 20 de marzo de 2011

La íntima tarea

(Hoy, desde El Cadalso, una historia por parte de un invitado, Álvaro Castilla.)




“No hay forma de impedir que me remuerdas” escribía Evaristo Lúculo en su pequeña, pequeña libreta de paseos. Este joven enamorado recordaba a veces a un adulto adusto encerrado en la juventud caída y la sangre le hervía lo suficiente como para andar toda la noche, o enfriarse con una manta llovida en el portal de ella. Sin embargo siempre había tenido otra cosa en la que pensar. Siempre algo se escoraba hacia lo sombrío, por mucha orina que le salpicara el hombro, o mucho mosquito que le amara sigilosamente en lóbulo él tenía en su chaqueta el objeto en cuestión, haciendo peso, queriendo caerse, como quieren todas las cosas. Así, en la recámara, preparado para huir a la primera señal. Objeto… más bien el concepto en cuestión. Mientras se mordía el pelo largo rizado, amable siempre pero algo graso, jugaba con los dedos en el concepto, casi rozando el interruptor. Aún no sabía si era dorado o simplemente brillaba. Lo había sacado hace poco de la bolsita de piel de lemúrido en la que siempre había estado. Que curiosa situación la de Evaristo Lúculo, si lo supiese la opinión pública.
No todo el mundo tiene la cualidad de parar el tiempo pero todo el mundo lo ha pensado más de una vez en la vida. Siempre pasa por nuestra mente como un tren ajeno, un deseo en el que nadie se empecina demasiado, la mayoría de la gente prefiere volar o gozar de superfuerza, quizá poder extender su miembro viril hasta la longitud que a uno se le antoje. Pero a nuestro joven enamorado la posibilidad de parar el tiempo se la dio un señor desconocido y borracho a los 9 años, cuando aún no estaba enamorado excepto de su madre y los juegos de pelota, y como no había tenido acceso a ningún otro deseo aparentemente irrealizable, se conformaba de buena gana. Sus padres se la habían guardado con mucha cautela, no podía desperdiciarla en cualquier capricho infantil porque sólo gozada de un encendido-apagado, y no era buena idea que el pobre chico desperdiciase una oportunidad única (quizá en toda la historia universal) en saltar un castigo o dar una lección al abusón de turno. Después del apagado el mundo seguiría dando vueltas como de costumbre. Su padre en un principio había imaginado grandes proyectos para que su hijo llevase a cabo, uno de los mejor confeccionados era acabar con el hambre en el mundo con un lento pero constante traslado de riqueza a las áreas más deprimidas. Finalmente comprendió que no podía condenar a su hijo a una eternidad intemporal de viajes en avioneta a la otra punta del mundo. Así el día de la más violenta discusión con el chaval le gritó que lo gastase como mejor le pareciese. Su madre ya no quería oír hablar del chisme (como ella lo llamaba) porque causó discordia casi desde el primer momento que entró en el hogar.
Evaristo Lúculo había meditado y por fin se había decidido; leería todas las obras de la literatura universal. En el momento de escribir su desesperada frase de amor en la pequeña, pequeña libreta de paseo decidió que no merecía mayor dilación el asunto. Estaba preparado para enterrase en libros y volver al mundo como un precoz erudito. Eligió un día al uso, ni nublado ni completamente azul, un martes. Cuando pulsó “el concepto” nada cambió aparentemente, hasta que vio a su madre, que traía un plato caliente a la mesa, completamente congelada. Sonrió y se decidió a entrar en materia. Agarró los primeros libros de Calderón de la Barca, algunas comedias y actos sacramentales y se encerró día y noche en su cuarto acondicionado para la lectura. Un flexo para leer en la cama, otro para leer sentado y finalmente un sombrero con bombilla instalada, para leer de pie.

Así pasaron las primeras semanas, buscaba comida distraídamente, andando en los pasillos de los supermercados con un libro en la mano. Al pasar por al lado de su madre le daba un beso y a veces iba al instituto para hallar mayor ambiente de trabajo (en el pupitre). Pero a la tercera semana se fue sintiendo solo y el silencio espectral hacía que cualquier mínimo pitido de orejas sonase como una grúa dando marcha atrás. Lo peor era la noche, y no hay que olvidar que el joven seguía enamorado hasta las trancas. Se preguntaba por Leticia constantemente, e involuntariamente acabó leyendo novelas de amor en exclusiva. Decidió así visitar el piso la chica, forzando la puerta con una palanca. Necesitaba… necesitaba verla, otra explicación sería vana. De primeras no encontró a nadie en la casa, y tenía cierto miedo a que los ojos parados de la chica le mirasen incriminatoriamente. No, ella nunca se había fijado en Evaristo Lúculo más que en las hormigas que pisaba, pero no era mala, ni demasiado popular para él, simplemente algo distraída. La idea del joven era recostarse con ella un rato, poder abrazarla con la única intención de obtener algo de calor, y luego marcharse preparado para abordar la obra de Joice.

Al no encontrarla en su cuarto (el cuarto que tenía decoración propia de chica púber) abrió las demás puertas. Giró el último pomo y comprendió rápidamente. No tuvo tiempo para evitar la contemplación de la chica acuclillada en el WC, su gesto de esfuerzo, su concentración en la íntima tarea.


1 comentario:

Manuel Calavera dijo...

La Bestia, cuánto me alegra ver tus letras por aquí con este relato, que tanto me gusta, de tan escatológica cicatriz con que marcas al pobre Eva

Un saludo