sábado, 7 de mayo de 2011

I

Le faltaba el dedo meñique del pie.

Es un rasgo común en los montañeros; ir dejando todo cuanto les va pesando para llegar a su objetivo. Atrás habían quedado algunos compañeros, ahora estaba sólo. Puede que esta moral asustase a aquellas hormigas de abajo, a los que no subían a las montañas, pero aquí, en los páramos helados, es la única ley. El dedo meñique del pie, un anular en la mano. No fue nada divertido perder el anular de la mano. Pero era una herida de guerra, y él la exhibía con orgullo. Clavó el piolet en el lugar correspondiente. Poco a poco, ya sólo quedaban un par de esfuerzos más. Llegó a la cima, y, al ver a su alrededor todos aquellos picos que ya había coronado, decidió que no era para tanto.

Se despeñó por la ladera.

2 comentarios:

Ripser dijo...

Y su boca, que quedó arrancada de cuajo sobre una roca, cantó eternamente himnos montañeros a los transeúntes.

ruso dijo...

curioso su blog le seguiré detenidamente, http://rusiaenllamas.blogspot.com/